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Instituto de Filosofía

Aborto y aborto posparto

20210802 DignidadSelectivaEn el año 2012, dos investigadores italianos, Francesca Minerva y Alberto Giubilini, discípulos del famoso bioeticista Peter Singer, publicaron un famoso artículo llamado “After Birth Abortion”. En él se planteaba el infanticidio como una práctica médica éticamente aceptable, si es que se presentaban las mismas circunstancias por las que era viable un aborto (es decir, enfermedad del recién nacido, el hecho de ser una carga insoportable para los padres, etc.). Escriben Minerva y Giubilini: “Si criterios como los costos (sociales, psicológicos, económicos) para los padres potenciales son razones suficientemente buenas para tener un aborto incluso cuando el feto está sano; si el estado moral del recién nacido es el mismo que el del feto; y si ninguno tiene algún valor moral en virtud de ser una persona potencial; entonces las mismas razones que justifican el aborto también deberían justificar el asesinato de la persona potencial cuando se encuentra en la etapa de recién nacido”.

El planteamiento de Minerva y Giubilini, si bien puede parecer extremo, en realidad tiene una cierta consistencia: tanto el feto como el recién nacido son, de acuerdo con ellos, personas potenciales –no actuales–, ya que no tienen todavía aquellas capacidades que caracterizan a las personas actuales (como los adultos sanos): conciencia, capacidad de elegir de acuerdo a intereses, una cierta valoración de la vida, autonomía y posibilidad de percibir daños. Además, las personas actuales tendrían más valor que las potenciales, por razones obvias: desde allí que las personas actuales –los adultos sanos– tienen una libertad decisional por sobre las personas potenciales (los fetos y los recién nacidos). Estos últimos pertenecerían a una clase inferior de seres humanos –si aceptamos el planteamiento de los autores mencionados–.

En este sentido, si se acepta el aborto, tendríamos que aceptar también el infanticidio, para Minerva y Giubilini. Cabe preguntarse: ¿por qué no? Si aceptamos las premisas filosóficas que se refieren a la distinción entre personas actuales y personas potenciales y la superioridad decisional de los padres sobre los hijos –así como hacen muchos sostenedores del aborto–, la aceptación del infanticidio se justifica plenamente. Es una consecuencia más que lógica: los que sostienen el aborto tendrían que hacerse cargo de este argumento, que se fundamenta en la desigualdad entre padres e hijos.

Otra posibilidad sería afirmar que todos los seres humanos (padres e hijos, nacidos o no) tienen la misma dignidad y los mismos derechos. En este sentido, tanto el aborto como el infanticidio se caracterizarían como prácticas que atentan en contra de la dignidad de todo ser humano, también el más “invisible”. En el debate actual sobre el aborto libre, de hecho, hay algunos protagonistas olvidados, los más vulnerables: los fetos. Se habla de “derechos feministas”, de “imposiciones del Estado”, de “obligación biológica”, de “amor que supera a los mandatos”, de “autonomía decisional”, etc.: el discurso se refiere siempre a aquellas personas actuales –para retomar la distinción de Minerva y Giubilini– que son las posibles madres. Nunca habla de los fetos o los no-nacidos –que, hay que recordarlo, son seres humanos como nosotros–.

Citando a la senadora Provoste, podríamos afirmar que “la despenalización del aborto no es un tema valórico, sino de derechos humanos”. Sin embargo, no solo de aquellos seres humanos que son las mujeres, sino de todo ser humano. También del más vulnerable y desprotegido que es un hijo, nacido o no.

Luca Valera
Director, Centro de Bioética UC

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