La profesora Sasha Mudd cuestionó en el New York Times, las implicancias morales de ver las olimpiadas

28 de Julio 2021

En su columna, la experta en ética argumentó la necesidad de preocuparse por la tolerancia cómplice y señaló que la acción moral para evitar la complicidad requiere organización colectiva.

La académica del Instituto de Filosofía UC, Sasha Mudd, analizó en una columna publicada en el New York Times, la carga moral que implica el acto de seguir los Juegos Olímpicos de Tokio 2021.

Para la experta en filosofía moderna y ética, más allá de los problemas de corrupción, machismo, e impacto climático que supone la organización de las olimpiadas, preguntarse sobre el dilema ético que implica seguir este tipo de espectáculos requiere revisar la idea de complicidad. “Una persona es cómplice al causar daño indirectamente al estar involucrado en las malas acciones de otros. Una forma de involucrarse es participando”, advierte.

Pese lo anterior, la profesora Mudd distingue que hay ciertas complicidades que, aunque sumadas, no son capaces de empeorar el mal ocasionado por la organización de un evento como este. “No importa cuántos billones de lo personas sintonicen [las olimpiadas], cada acto de visualización en conjunto no contribuye a las infecciones por Covid-19 en Japón, o los actos de trama, abuso o desperdicios”, explica.

Sin embargo, la filósofa de la UC puntualiza un tipo de complicidad de la que si es necesario preocuparse: “llamémosla tolerancia cómplice. No involucra la participación de los actos reprobables. En lugar de ello, implica tolerar las fechorías al parecer respaldarlas o fallar en denunciarlas”.

A su vez, la profesora Mudd puntualiza que  “el espectador promedio de los Juegos Olímpicos no tiene poder para enviar un mensaje moral a través de su audiencia, excepto a través de acción organizada colectivamente. Dado que no se organizó ningún boicot de espectadores masivos a los Juegos, quienes sí tienen el poder de enviar un mensaje moral son gobiernos,  patrocinadores corporativos y, por supuesto, los propios deportistas”.

“En un mundo injusto, a menudo no hay forma de actuar sin dañar o ser cómplice de daño. Pero el hecho de que toda complicidad sea mala no significa que siempre sea moralmente criticable”, concluye.

Revisa la columna completa acá