El filósofo y sociólogo alemán fue uno de los pensadores más influyentes del último siglo. Falleció el 14 de marzo de 2026 a los 96 años.
La filosofía contemporánea despide a Jürgen Habermas, uno de los pensadores más influyentes del siglo XX y comienzos del XXI, fallecido a los 96 años. Su obra —centrada en la razón comunicativa, el espacio público y la democracia deliberativa— marcó profundamente el pensamiento político y social de nuestro tiempo. Con su partida se cierra una de las trayectorias intelectuales más decisivas de la teoría crítica y del debate sobre el futuro de la democracia.
Comentamos su legado con tres académicos de nuestra Facultad: Enrique Muñoz, Claudio Santander y Alejandro Irusta.
“La muerte de Jürgen Habermas aconteció el pasado sábado 14 de marzo de 2026 a los 96 años. Lo primero que me llamó la atención es que dicho fallecimiento fue recogido por la prensa internacional (ARD en Alemania, El País en España, El Mercurio en Chile, etc.) Tratándose de un filósofo no deja de llamar la atención. La pregunta es ¿por qué? Hay varias razones, la primera es que ha muerto uno de los últimos representantes de la filosofía del siglo XX en Alemania. Habermas fue el principal representante de la denominada segunda escuela de Frankfurt, que tuvo entre sus fundadores a Adorno y Horkheimer. La segunda es que sus libros y teorías son mundialmente conocidas, desde la Teoría de la acción comunicativa,Conocimiento e interés,El discurso filosófico de la modernidad, sus numerosos textos sobre ética, ciencias sociales, etc. Pero no menos importante, es el rol público que Habermas tuvo, como filósofo e intelectual, tanto en Alemania como en el mundo. Con aciertos y errores, Habermas no tuvo dificultades en pronunciarse sobre la culpa de los alemanes después de la Segunda Guerra Mundial, las protestas estudiantiles del 68, los derechos humanos, la globalización, etc. Ha muerto, entonces, un intelectual ejemplar de tono mayor”.
Enrique Muñoz
“Creo que Jürgen Habermas fue el filósofo social más influyente de la segunda mitad del siglo XX. Fue un heredero aunque crítico de la Escuela de Frankfurt, la tradición que tuvo como foco preguntarse cómo la razón ilustrada pudo producir el nazismo y el totalitarismo. Habermas tomó el camino inverso al pesimismo de sus maestros Adorno y Horkheimer: en lugar de renunciar a la razón, por su carácter instrumentalista, reconstruyó una razón de entendimiento. Su tesis central es que existe una forma de racionalidad inscrita en el lenguaje mismo, la razón comunicativa, que no calcula ni domina sino que busca el entendimiento mutuo. Cuando dos personas argumentan y se dan mutuamente razones, están practicando una forma de racionalidad que es la base de toda vida social legítima. Su obra de 1992, Facticidad y validez, es quizás su contribución más decisiva para la filosofía política y social: sostiene allí que las instituciones democráticas son legítimas no porque vengan de una mayoría ni de un orden natural, sino porque emergen de procesos deliberativos donde los afectados y vulnerables pueden expresar y discutir sus razones en condiciones de igualdad. Demostró además que la libertad individual y el poder colectivo no se oponen: se necesitan mutuamente. Sin esa intuición, no se pueden pensar seriamente ni los derechos, ni la democracia, ni la justicia”.
Claudio Santander
“Con la muerte de Habermas, comienzan a multiplicarse las discusiones tanto sobre las luces de su obra, como sobre las sombras de algunas de sus posiciones políticas. No obstante, más allá de la legitimidad y necesidad de dichas discusiones, si hay algo que rescatar de su práctica filosófica, quizá sea su incansable voluntad de debatir con contemporáneos de diversas corrientes y tradiciones de pensamiento (Foucault, Derrida, Gadamer, Ratzinger, entre otras figuras). Si hay que ver detrás de esa voluntad un intento sincero por lograr acuerdos racionales intersubjetivos o, meramente, el deseo solapado de demostrar que la postura propia era la única válida, es algo sobre lo que podría discutirse. Sin embargo, que esos debates puedan, eventualmente, llevar a quienes adhieren a dichas corrientes a examinar los límites de sus propias posturas y, así, abrirse a la alteridad, tal vez sea valioso en sí mismo”.