La fuerza no basta: Trump, Irán y la erosión del poder estadounidense

11 de Agosto 2026

Columna de opinión de la académica de Filosofía UC, Sasha Mudd. Su investigación abarca la filosofía de Kant, la filosofía moral, la filosofía pública y las preguntas éticas que surgen en torno al duelo, la vulnerabilidad y la injusticia institucional.

Donald Trump quería que la guerra con Irán demostrara la contundencia del poder estadounidense. En cambio, meses después de iniciado el conflicto, se ha convertido en la demostración de algo muy distinto: la creciente dificultad de transformar la superioridad militar de Estados Unidos en algún tipo de éxito político.

Estados Unidos puede atacar objetivos a enormes distancias, inutilizar infraestructura e imponer costos que pocos países pueden devolver en la misma medida. Lo que resulta cada vez menos claro, sin embargo, es qué se supone que debe lograr todo esto. Irán ha sufrido enormes daños, pero no ha sido sometido políticamente. Por el contrario, ha salido políticamente envalentonado. Washington escala el conflicto, muchas veces con un costo enorme para la población civil. Teherán responde y genera nuevas disrupciones. Cada ronda crea las razones para la siguiente. La maquinaria de la fuerza sigue funcionando incluso mientras el propósito político que debería orientarla se vuelve cada vez más difícil de discernir. Entretanto, el Estrecho de Ormuz permanece cerrado y la economía global se tambalea.

Este fracaso particular en el ejercicio del poder es profundamente característico del gobierno de Donald Trump. Conviene recordar que el poder opera en más de un registro. Quizás el significado más profundo del pantano iraní no radique simplemente en la violenta incoherencia de la acción militar estadounidense bajo Trump, sino en hasta qué punto esa incoherencia está dañando la capacidad de Estados Unidos para ejercer liderazgo.

Durante gran parte del período de posguerra, el poder estadounidense descansó sobre una combinación inestable pero extraordinariamente eficaz: una capacidad militar y económica abrumadora, acompañada de un poderoso atractivo moral y cultural. Estados Unidos no solo ejercía coerción; también atraía. Se presentaba —a veces con sinceridad, muchas veces con hipocresía— como la encarnación de ideas que otros querían hacer propias: el gobierno constitucional, los derechos individuales, la movilidad social, la modernidad científica y una cultura popular impregnada de optimismo, irreverencia y disenso. Lo “estadounidense” significó alguna vez no solo lo dominante, sino también algo mejor, al menos en la imaginación de muchos de quienes observaban desde lejos.

Sasha Mudd es profesora asociada de Filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Chile y profesora visitante en la Universidad de Southampton.

Esto no era un simple ropaje ideológico. El poder blando era una forma real de poder, construida en laboratorios, tribunales, salas de clase, marchas de protesta, estudios de cine y filas de inmigración; en la capacidad visible de una sociedad libre para innovar, incluir y mejorarse a sí misma. Desde el programa espacial hasta Silicon Valley, la innovación estadounidense no evocaba solamente conquista, sino también posibilidades compartidas.

La cultura estadounidense reforzaba este atractivo precisamente porque no era monolítica ni reverencial. Hollywood, la música popular y la televisión exportaban glamour, pero también ironía y autocrítica. El jazz, el rock y luego el hip-hop —todas formas culturales nacidas de la marginalización— se convirtieron en lenguajes globales. La cultura estadounidense parecía indisciplinada e inacabada, y ese desorden formaba parte de su atractivo. Daba credibilidad a ideales políticos que, de otro modo, podrían haber parecido vacíos.

Este poder blando reducía el costo del liderazgo y ayudaba a convertir a los aliados en verdaderos socios. Permitía que la influencia estadounidense fuera experimentada, por muchos, como aspiración antes que como sometimiento. Incluso cuando las acciones de Estados Unidos traicionaban sus propios ideales —y lo hacían con frecuencia— esos ideales conservaban una fuerza propia.

Todo esto contribuyó a estabilizar el orden posterior a la Segunda Guerra Mundial que Estados Unidos construyó, de manera imperfecta, en oposición consciente a la lógica imperial que había dominado el mundo atlántico del siglo XIX. Aquel modelo anterior de poder —expansión territorial, extracción, jerarquía racial y subordinación sin complejos de quienes eran considerados inferiores— había culminado en la devastación de dos guerras mundiales. Como respuesta, el orden de posguerra se organizó en torno a una apuesta diferente: que la legitimidad importaba, que las reglas limitaban incluso a los poderosos y que una influencia obtenida mediante el consentimiento y la cooperación acabaría siendo más duradera que el control impuesto únicamente por la fuerza.

La política exterior de Trump —en la medida en que pueda decirse que existe una— representa un rechazo directo de esa apuesta. Para él, las alianzas son transacciones, las instituciones son obstáculos y el derecho internacional una molestia que puede ignorarse. El vocabulario del presidente se reduce a la dominación y el sometimiento. Entretanto, el fracaso persistente y cada vez más costoso en Irán deja al descubierto las graves limitaciones de esta visión del mundo.

Estados Unidos tiene socios en la región y no ha combatido completamente solo. Pero lo que brilla por su ausencia es el tipo de amplia coalición política que alguna vez amplificó su poder militar. Aliados importantes han mantenido distancia frente a la guerra o se han resistido a involucrarse más profundamente en ella. Gobiernos que en otro momento podrían haber recibido con simpatía una petición estadounidense de apoyo miran cada vez más a Washington como un actor volátil, o incluso como un Estado paria, cuyos objetivos no comparten y cuyos compromisos no pueden prever.

Es aquí donde la destrucción del poder blando adquiere consecuencias estratégicas. Las alianzas no son simples activos militares que puedan activarse cuando hacen falta. Son relaciones construidas a lo largo del tiempo mediante una cooperación confiable y un sentido mínimo de propósito compartido. Un gobierno no puede decirles continuamente a sus aliados que sus intereses son secundarios, que los acuerdos son provisionales y que la cooperación es una muestra de debilidad, para luego esperar que esos mismos aliados le proporcionen legitimidad política cuando una aventura estadounidense comienza a naufragar.

Trump se comporta como si el poder militar y el poder blando fueran magnitudes independientes: como si fuera posible dilapidar indefinidamente el segundo y conservar intacta la utilidad del primero. Irán demuestra hasta qué punto esto es falso. El poder duro se vuelve mucho más difícil de utilizar eficazmente cuando nadie confía en el juicio político que lo dirige.

El problema de Irán, por lo tanto, va más allá de la conocida acusación de que Trump entró ilegalmente en un conflicto sin una estrategia adecuada de salida. El problema es que la propia idea de una estrategia de salida encaja mal con su concepción del poder. La estrategia requiere moderación además de fuerza. Exige distinguir entre fines alcanzables y fantasías gratificantes. Requiere aliados cuyos intereses importen por derecho propio, diplomáticos con capacidad para negociar compromisos e instituciones capaces de convertir una ventaja transitoria en un acuerdo duradero. Nada de esto produce el espectáculo inmediato de dominación que Trump prefiere. Sin ello, sin embargo, incluso un éxito militar espectacular puede resultar políticamente estéril. Esta es una de las grandes ironías del trumpismo: obsesionado con el declive del poder estadounidense, contribuye a acelerarlo.

Quizás la guerra con Irán termine finalmente en un acuerdo. Quizás Washington y Teherán encuentren cada uno un lenguaje que les permita declararse vencedores. Pero cualquiera sea el arreglo que finalmente surja, la lección más amplia ya está a la vista. La supremacía militar no es lo mismo que el poder político. Y mientras más destruye Estados Unidos las redes de confianza, legitimidad y cooperación que alguna vez rodearon y potenciaron su fuerza militar, menos útil se vuelve esa fuerza.