Niños, pantallas y la falsa libertad de elegir

8 de Julio 2026

Compartimos la columna de opinión de nuestra académica Sasha Mudd cuya versión original y en inglés fue publicada por el medio británico Prospect Magazine

Foto: Kampus Production

Hace unas semanas, el gobierno británico anunció una propuesta para prohibir a las plataformas ofrecer redes sociales a menores de 16 años. En Chile, la pregunta ya no es lejana: acabamos de regular el uso de celulares en los colegios y en el Congreso se discuten proyectos para restringir el acceso de niños y adolescentes a redes sociales. En ambos contextos aparece casi de inmediato el mismo repertorio de objeciones: que estas medidas son demasiado gruesas, difíciles de aplicar, fáciles de evadir, intrusivas en su fiscalización y poco sensibles a los adolescentes que encuentran comunidad en línea.

Estas preocupaciones son reales. Una prohibición es una herramienta contundente. No reformará por sí sola los algoritmos, no desmantelará el capitalismo de vigilancia, no devolverá los juegos al aire libre ni reparará de golpe la infancia.

Pero la objeción más común —que restringe la libertad infantil— merece una inspección más cuidadosa. Se nos dice que los jóvenes deberían ser libres para comunicarse, explorar, equivocarse y elegir por sí mismos. Esto suena liberal, moderno y humano. Sin embargo, todo depende de qué entendamos por “libre”.

Las plataformas prosperan sobre una imagen muy pobre de la libertad: ausencia de interferencia, ningún obstáculo impuesto por el Estado, ninguna barrera entre consumidor y producto. Si una niña puede abrir la aplicación, recorrer el feed, subir una imagen, entrar al chat, aceptar los términos y seguir haciendo clic, entonces es libre. El Estado no la ha detenido. Ningún censor la ha silenciado. Ella eligió.

Sasha Mudd es columnista permanente de Prospect Magazine donde escribe de diversas temáticas ligándolas a la filosofía

Pero la elección por sí sola no es señal de libertad. Puede ser presionada, inducida, manipulada, coaccionada o diseñada algorítmicamente. Llamar “libre” a una niña de 13 años sola en su pieza, desplazándose compulsivamente por un feed infinito, es estirar la palabra hasta volverla irreconocible.

Una tradición liberal más seria entiende la libertad no como acceso sin límites, sino como autogobierno. Ser libre no consiste solo en tener opciones frente a nosotros. Consiste en ser capaces de tomar distancia del impulso, gobernar la propia atención, reflexionar sobre los propios deseos y negarse a ser usados como herramienta de otros.

La libertad, en este sentido más robusto, es evolutiva. Depende de hábitos, relaciones e instituciones que ayuden a las personas a volverse menos gobernables por el miedo, la compulsión, la manipulación y el apetito. Cultivar la libertad en este sentido es ayudar a los niños a convertirse en adultos capaces de hacer elecciones genuinamente propias.

Por eso la pregunta por la libertad infantil es tan difícil. Los niños son personas en formación. Sus poderes de atención, juicio, amistad, imaginación y autocontrol todavía están tomando forma. Una sociedad que da a las corporaciones acceso irrestricto para moldear esos poderes no puede luego felicitarse por respetar la autonomía de los niños. No ha protegido la libertad. Ha degradado las condiciones bajo las cuales el autogobierno genuino podría llegar a ser posible. Ha producido nuevas y alarmantes formas de dependencia.

Es comprensible que los adultos que crecieron recorriendo las calles sin supervisión miren con sospecha una cultura que parece tratar la infancia como un ejercicio permanente de resguardo. Y, por supuesto, nadie piensa que envolver a los niños en algodón deba ser el ideal. Pero esa crítica subestima enormemente hasta qué punto la tecnología gobierna hoy la vida de los niños.

Sus amistades, humillaciones, bromas, enamoramientos, opiniones y sentimientos pasan cada vez más por imperios privados cuyos dueños no responden ante padres, profesores ni públicos democráticos. Un cambio en el ranking o en la recomendación puede volver a un niño visible o invisible, admirado o ridiculizado.

Los barones tecnológicos fabrican hoy las realidades en las que se forman los yoes, las tribus y los enemigos. Ningún antiguo Estado niñera soñó jamás con entrar tan profundamente en la pieza de un niño por la noche. El viejo temor al paternalismo pierde fuerza cuando la capacidad de elegir es precisamente aquello que el poder corporativo ha aprendido a explotar.

Por eso la discusión no puede plantearse como si cada familia estuviera simplemente eligiendo, en igualdad de condiciones, cuánto mundo digital quiere permitir en la vida de sus hijos. Ningún niño, familia, colegio o comunidad enfrenta estas plataformas de igual a igual. El adolescente teme la exclusión; a sus padres se les dice que todos sus conocidos están ahí. Incluso quienes detestan el sistema quedan atrapados dentro de él. Este no es un mercado normal en el que consumidores aislados revelan preferencias estables. Es una trampa de coordinación organizada con fines de lucro. El Estado debe desempeñar un papel porque algunas libertades —especialmente las de tipo evolutivo— solo pueden asegurarse colectivamente.

Foto: cottonbro studio

Nada de esto significa que la prohibición británica esté bien diseñada o sea suficiente. También se requiere una regulación seria del diseño, de los sistemas de recomendación, de la extracción de datos y de la responsabilidad corporativa. Debe evitarse una fiscalización invasiva y preservarse el acceso a recursos digitales beneficiosos. Pero la insuficiencia no equivale a inutilidad. A menudo la ley debe empezar trazando una línea antes de haber resuelto todos los problemas que la rodean.

Para Chile, la lección es clara. La regulación de celulares en colegios y la discusión sobre redes sociales no deberían reducirse a una disputa entre libertad y prohibición. La pregunta real es si aceptaremos una premisa central de la era digital: que la elección irrestricta del consumidor equivale a libertad. Ninguna democracia sana puede aceptar eso. La infancia no es una oportunidad de mercado, la dependencia no es consentimiento y el acceso no es lo mismo que la agencia. Algunas capacidades humanas no pueden dejarse al modelo de negocios del feed infinito.